Quijote Semanal

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Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue (Anagrama, 2018).

«Al principio las cosas aparecen. La escritura es un gesto desafiante al que ya nos acostumbramos: donde no había nada, alguien pone algo y los demás lo vemos. Por ejemplo, la pradera: un territorio interminable de pastos altos. No hay árboles: los mata el viento, la molicie del verano, las nieves turbulentas del invierno. En el centro del llano, hay que poner a unos misioneros españoles y un templo, luego unos colonos, un pueblo de cuatro calles. Alguien pensó que ese pueblo era algo y le puso un nombre: Janos. Tal vez porque tenía dos caras. Una miraba al imperio español desde uno de sus bordes, el lugar donde empezaba a borrarse. La otra miraba al desierto y sus órganos: Apachería».


Esta novela descomunal arranca con una vindicación de la escritura y la construcción de un paisaje. Ese paisaje es fronterizo –entre México y Estados Unidos–, y en él irán apareciendo personajes, del pasado y del presente. Asoman misioneros, colonos y también los otros, los indios de las tribus ya civilizadas, o aún salvajes. Asoma una mujer –Camila– que huye por el desierto, y un hombre –el teniente coronel José María Zuloaga– que persigue por ese desierto a unos indios que han robado ganado. Y también el mito de Gerónimo, el apache rebelde, y un escritor que recorre esos parajes en busca de las huellas de la historia...


Y estos y otros personajes que se van sumando acabarán confluyendo en esta narración total y mestiza, suma de western, relato histórico, épica, leyenda y metaliteratura que reflexiona sobre cómo el pasado permea el presente y cómo se reconstruye y noveliza. Una obra de enorme ambición y de una perfección rara, deslumbrante, que confirma a Álvaro Enrigue como uno de los más destacados escritores en lengua española con proyección internacional.